Dogos Argentinos Del Alma Blanca ![]() |
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Nosotros en familia: Humanos y Dogos Cualquiera que haya sido alguna vez amo de un dogo argentino sabe por fuerza que todo lo que de él se ha escrito hasta el momento, tanto a favor como en su contra, no alcanza en lo más mínimo para describir la poderosa realidad de su presencia física y de su indescriptible personalidad. Por este motivo, estas líneas escritas a modo de ensayo, no son más que una reflexión hecha en voz alta acerca de la naturaleza del vínculo que me une con mi perro más querido, el Indio de los Quilmes, con la intención de que el lector a su vez, pueda por este medio, clarificar sus propios pensamientos acerca de los valientes y fieles blancos. Por cierto, con lo antedicho ha quedado en evidencia el sentimiento general que domina mi relación con el Indio, es decir el amor mutuo que nos profesamos. Los racionalistas argumentarán, no sin alguna lógica, que solamente un alma superior es capaz de tan noble sentimiento, y que por ende, no hay perro que haya tenido o tenga tal capacidad. Estas mismas personas, llevadas por su misma argumentación, probablemente dirán que el amor de un perro por su amo no es nada más que una proyección nacida de la psiquis de esa persona, tal como ocurre con la supuesta fidelidad atribuida a algunos canes. Obligado a responder a tan comunes argumentos, no apelaré al conocido recurso vivencial, en donde se refugian algunos cinófilos para explicar lo inexplicable. Mas bien diré que los que así razonan sobre las capacidades que posee un perro para responder al amor de su amo, cometen el mismo error que ellos mismos condenan: esto es, disciernen sobre los perros acerca de si pueden comportarse como humanos. Antes que la experiencia, ya el sentido común preanuncia cuál es la respuesta correcta a estos planteos: un perro ama como perro, y no como hombre. Mi querido blanco me ama con todas sus fuerzas de perro, y esto es en comparación, (algo que puedo decir a su favor) mucho más de lo que podría decir de la mayoría de los humanos con los que he tenido o tengo relación. Con razón decía aquella filósofa francesa; la superiorité des chiens: ils sont fidéles jusqu’a la mort. Habiendo establecido pues, con toda certeza la índole del amor que nos profesamos mutuamente el Indio y yo, corresponde ahora aclarar que desde luego el amor del cual escribo es algo más que un sentimiento, puesto que por definición el amor es la búsqueda del bien del otro. En este sentido, considero que en este terreno las cosas se hacen más fáciles para un perro que para el amo. Es necesario comprender que un perro que viva en el seno de una familia, como el Indio, vive en una jauría donde su amo es el líder dominante y donde cada miembro de la familia tiene su lugar predeterminado en la misma. Las relaciones que existen, los derechos y obligaciones están predeterminados y regulados ancestralmente, aunque de hecho no son estáticos. En este sencillo marco de referencia, el bien de uno es también el de la jauría y el suyo propio, aunque a veces no resulte tan evidente en el corto plazo. Por lo antedicho, el amor del perro por su amo es un amor sin contradicciones, sin dudas ni vacilaciones, que responde con todo el potencial que tiene cada vez que experimenta el bien por la mano de su dueño. Un perro que se siente amado, se brinda entero, siempre, sin retaceos, hasta el final. No ocurre así sin embargo, con el amor humano. Él no está sujeto solamente a la ley de la sangre, sino que es capaz de experimentarlo ejerciendo la libertad, atributo de los seres superiores. Esta fortaleza constituye en otros aspectos, también una debilidad. El amor humano está expuesto a vaivenes, dudas, vacilaciones y retaceos que no siempre se originan en la mezquindad sino paradójicamente en un deseo de dar a cada uno lo suyo, de no cometer injusticias para con los seres que amamos y que a veces plantean contradicciones. Hace ya tiempo que me di cuenta que estos razonamientos me llevaban inevitablemente a determinar con mayor precisión cuál era el bien o bienes que le debía al Indio en razón del amor que por él experimento. Una respuesta sencilla a este problema consiste en inventariar sus necesidades básicas: alimentación, higiene, salud, entrenamiento, ejercicio, cariño y desde luego, subvenirlas. Sin embargo, esta clase de amor solamente es un amor proveedor, lo cual no es poco, pero tampoco es mucho. El verdadero amor, debe tener siempre en cuenta la naturaleza del ser amado. El verdadero amor es providente: toma de la mano al ser amado y lo eleva para que sea más, para que sea entera y totalmente, de acuerdo a su propia naturaleza. Por eso mi perro hace vida de perros... Bajo esta sencilla óptica no se puede comprender por qué aquellos que dicen amar a los perros los crían para satisfacer sus propias carencias: los pavonean, los exhiben, los hacen pelear sin una finalidad noble, los manipulan; dan vuelta su naturaleza como un guante, y cuando ya no sirven, los descartan. El amor que nos une al Indio y a mí tiene, por otra parte, un preciso punto de apoyo: la caza. No debe entenderse por lo antedicho que entre ambos existe una relación nacida de una esporádica actividad cinegética común. Antes bien lo que nos une profundamente es que muy hondo en su naturaleza tanto como en la mía, los dos somos cazadores. Cuando era pequeño y mi padre me llevaba de caza, me avergonzaba confesar que cada vez que tenía una presa en la mira se me erizaban los pelos de la nuca y la boca se me hacía agua. La vista de la pieza cobrada me excitaba como a un lebrel. Tuvieron que pasar muchos años para que comprendiera que ese atavismo, sublimado, lo llevan algunos en la sangre, y que es un tributo a los días en que la raza humana y el mundo eran jóvenes. El mundo es un coto de caza. Ser cazador supone tener una visión del mundo donde tanto puede ser uno el cazador como ser la presa. Implica estar siempre preparado, siempre en vigilia, siempre dispuesto a marchar. A jugarse todo a ganar o perder. Donde la propia vida es intensamente vivida, pues el hecho de saber a ciencia cierta que se la puede perder en la vuelta de cada esquina, hace que reconozcamos su real valor. Para un cazador su mejor arma es el valor y la fidelidad. Su tiempo siempre es hoy, aunque sepa esperar para que llegue. Para un cazador la mejor presa es la que está por venir. Para un cazador la presa se come, es útil o no es presa. Para el Indio de los Quilmes todo esto le resulta evidente, pues está dentro de su propia naturaleza. Los nobles blancos, quizás como ninguna otra raza de perros, son cazadores. Innumerables escritos lo atestiguan a través de muchas anécdotas y pruebas contundentes. Resulta paradójico que una de las razas caninas más jóvenes del planeta sea aquella que presente la conexión más directa con el fondo ancestral común con la humanidad. Aquellos que hacen de la caza un estilo de vida, inevitablemente alguna vez, por cuidadosos que sean, también dejan un rastro. He aquí uno reciente y fresco: Por estas páginas, pasaron dos: un hombre y su perro. Tres pares de huellas, un corazón. Karlos Irigaray |
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